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Prólogo por el Dr. Carlos Ossandón B.
PROFESOR E INVESTIGADOR. UNIVERSIDAD DE CHILE. UNIVERSIDAD ARCIS.
Dentro de un
horizonte postmoderno (en la línea trazada por F. Jameson, entre otros), el
texto se afinca en los nuevos ejes que ha venido planteando el lenguaje en
su versión pragmática y formal (Austin, Searle, Wittgenstein), más allá de
remanentes “ontológicos” e incluso normativos.
Cuadra nos plantea que lo que se ha venido modificando es todavía
más radical o profundo que los desplazamientos o debilitamientos que
sufren el texto escrito, el escritor o la discusión argumentativa pública.
Serían los propios “patrones culturales” de la modernidad los que estarían
amenazados por las tormentas, flujos y vértigos postmodernos. Más allá,
sin embargo, de una constatación genérica y ya expresada por diversos
autores, el presente texto, usando con libertad los recursos de la
pragmática o de la “semiotic” de raíz anglosajona principalmente, se
adentra en los “regímenes de significación” (S. Lash) que definen los
nuevos escenarios virtuales y massmediáticos. Estos regímenes
desmantelan el laboratorio mismo que producía aquellos argumentos y
sentidos que alimentaban el modelo ilustrado-liberal clásico.
Según Cuadra, lo que se abandona en los nuevos contextos públicos
es ni más ni menos que el orden de la letra o de la escritura con todos sus
ceremoniales, clisés, temporalidades, relaciones de producción, recepción
o circulación de sus objetos culturales. En su lugar se instala la
virtualización, el consumo, el hedonismo y el narcisismo. El “nuevo diseño
socio-cultural” se articula ya no a partir de “grandes relatos” ni de textos
canónicos sino gracias a unas legitimidades que se hallan en los distintos “juegosde lenguaje”(Wittgenstein), flujos, combinaciones verbo-icónicas y estético-mercantiles que las nuevas mediaciones y el consumo realizan a
diario. Ya no sería en el plano del discurso defendido públicamente, ni en
determinadas “distancias” o solemnidades, sino en el de la pragmática y
de los usos donde se articularían unas legitimidades que se reconocen
como ethos o formas de vida.
La virtualización que se destaca trae consigo una importante e
inquietante transformación en los procesos de “designación” (relación
signo-realidad) y de “significación” (relación signo-imagen mental), que se
subordinan a la “lógica significante”. Abolido el “referente” y el “significado” lo que queda son brillos, expresividad, ars combinatoria, pulsiones tecno-mediáticas y mercantiles, y no propiamente “sentidos” o “ideologías”. Estas transformaciones hacen algo más que debilitar los
ingredientes propios del espacio ilustrado o liberal, más bien le quitan su
piso: las ideas son reemplazadas por estímulos, las profundidades por superficies, las convicciones por seducciones, los narradores por
narraciones.
Los procesos descritos convierten “el mundo en una sub specie
semioticae”, transformando todo en “significante”: la crítica en slogan, el
debate público en justa deportiva, el líder revolucionario en estereotipo,
los sujetos en íconos. Estos procesos de virtualización, de“desemantización” y de “arreferencialidad” precisa Cuadra, modifican los
modos de percibir y de construir la realidad, el “sensorium” (W. Benjamin)
de las masas, las identidades de los individuos, las “reglas constitutivas”
(Searle) del habla social. El análisis efectuado por Cuadra entra así y con
perspicacia, en el corazón mismo donde laten o fluyen las subjetividades
hoy.
Volviendo ahora a nuestro punto de inicio, cabe preguntar si aquella
noción general de “espacio público”, tributaria de la constelación cultural
ilustrada, permite todavía determinados rendimientos gnoseológicos,
considerando los cambios profundos que se han venido dando tanto en las
formas y lugares de la sociabilidad como en los modos de circulación de
los signos culturales (R. Chartier). Una alternativa ciertamente
problemática, paralizante más bien, sería la de fijar una suerte de locus
idílico desde el cual naturalizar unos criterios normativos, reconstruir con
ellos una determinada “distancia” frente a lo dado, para en seguida hacer
recaer sobre las nuevas virtualizaciones massmediáticas (de acuerdo al
diagnóstico de Cuadra) todo el peso de la crítica (¿y del desprecio?)
ilustrado-letrado. Seguramente no sería ésta la primera vez que la
nostalgia planee sobre recuerdos más imaginados que reales o que se
busquen reconstituciones imposibles (en este caso, de los ideales u
obsesiones del Iluminismo alemán). En un sentido distinto, queda abierta
la invitación que nos hace Cuadra de intentar superar ciertos déficit
teóricos ,explorando nuevas formas de comprensión de lo actual. Puestos
en esta perspectiva, el esfuerzo por reexaminar el relato kantianohabermasiano
en aquellos textos de 1784 y 1962 adquiere relevancia no
sólo porque éste constituye una de las sedimentaciones importantes de la
tradición democrática y pública, sino también porque, como dice R.
Castel, nuestro presente, por diverso que sea respecto del pasado, no es
sólo lo contemporáneo, también lo constituyen sus ausencias.
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