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FALSOS DOGMAS
La ficción de la propiedad intelectual
"Quien recibe una idea de mí, recibe instrucción sin disminuir la mía; igual que
quien enciende su vela con la mía, recibe luz sin que yo quede a oscuras"
Thomas Jefferson
Los derechos de autor nacieron con la invención de la imprenta. En aquellos tiempos,
el control de la expresión de las ideas era fácil porque muy pocos podían costearse los
instrumentos necesarios para multiplicar las obras. Era a los que podían, a los editores, a
quienes iban dirigidas estas leyes. Los ciudadanos no eran los destinatarios de las obligaciones
y prohibiciones de los derechos de autor porque la posibilidad de reproducir obras
intelectuales no estaba en sus manos.
Los avances tecnológicos ponen eso del revés. Las fotocopiadoras, los casetes y ahora
los ordenadores e Internet han convertido en vapor la ya de por sí inmaterial obra intelectual.
La posibilidad actual de hacer copias rápidas y baratas hace que hoy las leyes de propiedad
intelectual tengan como principales destinatarios no a los editores sino a los ciudadanos.
La propiedad intelectual se ha volatilizado y se escapa entre los dedos de los que
ayer la controlaban. Para frenar esa situación las leyes fingen sólido lo que es gaseoso y
convierten en propiedad privada algo que no se puede poseer.
Bajo la careta de la defensa de los derechos de los autores se encuentran las empresas
que más han hecho por esclavizarlos. Tras el lema “protejamos a los creadores” hay
realmente un ansia privatizadora en la que la persecución a millones de ciudadanos por el
intercambio en P2P es sólo una batalla más de las muchas que se están librando.
El principal problema con el que se encuentra este afán privatizador está en la
intangibilidad de las obras intelectuales. No todo es susceptible de ser una propiedad privada.
De hecho, la propiedad intelectual es una ficción. Las leyes pretenden el imposible de
que alguien pueda apropiarse de algo inmaterial como quien se apropia de un coche o de una
casa. Cerrar la puerta es una forma muy sencilla de impedir a los demás el uso de mi vivienda,
pero ¿cómo hacer eso con una canción que no está en ninguna parte y en todos sitios?
Podríamos hacer leyes que dijeran que el aire es una “propiedad especial”, como lo es la
intelectual, pero eso no impediría que la práctica común chocara con ese invento legal. Y
eso es justo lo que ocurre hoy con la propiedad intelectual: la realidad social vuelve del
revés a unas leyes que pretenden proteger un interés que se basa en una fantasía.
Por más que los fanáticos del copyright se empeñen, la propiedad intelectual no
puede compararse con el resto de propiedades sobre objetos materiales y tangibles. Las
segundas son susceptibles de ser apropiadas, pero no las primeras. Las segundas son usadas
por una persona con exclusión de las demás, mientras que las obras intelectuales pueden ser
usadas por todos sin excluir a nadie.
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