La fábrica de la infelicidad es un libro dedicado al análisis
de la ideología virtual, de sus aporías teóricas y, sobre todo,
de su fragilidad cultural.
La ideología virtual es una mezcla de futurismo tecnológico,
evolucionismo social y neoliberalismo económico.
Floreció a mediados de los años noventa, cuando la revista
californiana Wired se convirtió en el Evangelio de una nueva
clase cosmopolita y libertaria, optimista y sobreexcitada.
En los últimos años, todos han empezado a darse cuenta de
que el neoliberalismo no es el más perfecto de los programas
políticos, de que el mercado no se corrige a sí mismo, y de
que la mano invisible de smithiana memoria no es capaz de
regular los procesos sociales y financieros hasta producir
una perfecta autorregulación del ciclo económico. Se ha
hecho evidente que la infoproducción no es ese reino de la felicidad
y de la autorrealización que la ideología había prometido
como premio a los que trabajan en la economía de la
red, en las condiciones de continuo estrés competitivo de la
empresa fractal individualizada. La promesa de felicidad y
autorrealización en el trabajo estaba implícita en el edificio
discursivo e imaginario de la new economy. Esta promesa se
marchitó: la crisis financiera de las acciones tecnológicas
hizo estallar un malestar que hasta ese momento fue ocultado
y calmado con masivas dosis de sustancias —financieras
y psicotrópicas. Ese malestar no se ha podido mantener oculto
al quedar claro que las inversiones disminuían y, con ello,
desaparecería el incentivo para aplazar toda reflexión, todo
relajamiento y toda profundización.
En el centro de la new economy, entendida como modelo
productivo y como discurso cultural, se halla una promesa
de felicidad individual, de éxito asegurado, de ampliación
de los horizontes de experiencia y de conocimiento. Esta
promesa es falsa, falsa como todo discurso publicitario.
Impulsados por la esperanza de lograr la felicidad y el éxito,
millones de jóvenes trabajadores altamente formados han
aceptado trabajar en condiciones de un espantoso estrés, de
sobreexplotación, incluso con salarios muy bajos, fascinados
por una representación ambigua en la que el trabajador es
descrito como un empresario de sí mismo y la competición
es elevada a regla universal de la existencia humana.
El hundimiento de la ideología felicista ligada a la economía
de red comenzó cuando los títulos tecnológicos empezaron
a perder puntos en las Bolsas de todo el mundo y se
empezó a prever que la llamada «burbuja especulativa»
pudiera pincharse. El sentimiento de malestar se acentuó
cuando a la crisis financiera siguió una auténtica crisis económica,
con rasgos de crisis de sobreproducción semiótica y
tecnológica. Finalmente, se abrió un vertiginoso y temible
abismo cuando la clase virtual descubrió que es físicamente
vulnerable, cuando la violencia se demostró capaz de entrar
en el edificio transparente de la virtualidad. El apocalipsis ha
hecho que la clase virtual descubra que no es inmune a la crisis,
a la recesión, al sufrimiento y a la guerra.
|