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El propósito de este texto es el de sugerir ideas sobre cómo debiera ser la docencia en la Universidad –y en el resto de los niveles educativos- en el marco de las modificaciones que está suponiendo el desarrollo del denominado espacio europeo de educación superior (EEES).
La docencia en la Universidad es una cuestión sobre la que se sabe poco y que apenas interesa a sus profesores. Para estos es la carga docente frente a la bendición de la actividad investigadora.
Sin duda, esta es una prueba de alguna de las contradicciones del colectivo del profesorado universitario, especialmente del dedicado al estudio del fenónemo educativo. Analizamos lo que pasa en las aulas de los niveles preuniversitarios, nos preocupa si las clases son academicistas, clasistas, sexistas, etc., pero no decimos nada sobre lo que ocurre en nuestra docencia. Es la hipócrita propuesta de haz lo que digo, pero no hagas lo que hago yo.
Sin embargo, es preciso reflexionar sobre la cuestión por al menos dos razones. Una es institucional y deriva de los cambios en la política educativa universitaria consecuencia del acceso al espacio europeo de educación superior (EEES). La segunda se debe a las mismas razones que aconsejan la reflexión en el resto del sistema educativo, que no es otra que afrontar los cambios que supone el acceso a la sociedad del conocimiento.
Muchas de las reflexiones que se exponen a continuación siguen la lógica de la traslación de prácticas de los niveles preuniversitarios a la universidad. ¿Es de recibo que en las facultades no haya un proyecto educativo –qué tipo de profesional y de persona queremos formar- o que no haya un proyecto curricular –cómo se coordinan entre sí las distintas asignaturas? ¿Que nos dé igual el tipo de estudiantes que llegan a nuestros centros, qué conocen, cuáles sean sus inquietudes? ¿Que nuestra mayor preocupación sea que nos escuchen en un silencio reverencial como si fuésemos conferenciantes? ¿Que la evaluación no sea colegiada? ¿Que haya representantes de estudiantes en las juntas de los centros pero que no haya delegados de aula o de grupo? ¿Que la insularidad docente alcance cotas proverbiales como los habitantes de chalecitos cuyo máximo interés consiste en aislarse de sus vecinos y vivir en una cápsula?
Esta es una llamada a la coherencia. No obstante, hay limitaciones en la traslación de prácticas. En la universidad estamos en un nivel postobligatorio: nadie está obligado a ir –lo que muchas veces se traduce en que el profesor insoportable vacía sus aulas de estudiantes-. Es verdad que la gente elige una titulación y tiene que adaptarse a las peculiaridades de esta. En cualquier caso esto no significa ignorar los conocimientos previos y las expectativas y esperanzas de los estudiantes.
Parte de lo que aquí diré me hace incurrir en el riesgo de ser injusto. La Universidad cuenta con un enorme abanico titulaciones de cuya variabilidad docente este texto será incapaz de dar cuenta.
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