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La sociedad Global de la Información nos trae nuevos paradigmas, nuevos problemas y, también, nuevas soluciones, pero, todavía no podemos hacer un saldo final. El principal desafío al que nos enfrentamos, no obstante, es cómo gobernar la complejidad de la Sociedad de la Información y para ello es básico diseccionar algunas de sus connotaciones básicas.
¿Qué es la Sociedad Global de la Información?
Como de tantos otros fenómenos novedosos, aún no disponemos de una definición exacta de la llamada Sociedad Global de la Información (SGI), pero, fuera de los lugares comunes a los que reiteradamente recurre el propio sistema mediático, sí podemos formular una serie de aproximaciones con el fin de poner de manifiesto el escenario y las principales connotaciones de este fenómeno emergente y, sin duda, característico de nuestros días.
Aun admitiendo el riesgo de un cierto esquematismo, podemos afirmar que estamos ante la emergencia de un renovado sector de las TIC (denominado por algunos el Hipersector de la Información), la consolidación de un nuevo paradigma social y productivo asentado en dichas tecnologías y ante una clara voluntad política de reordenar la sociedad y la economía del siglo XXI.
De la digitalización a una nueva generación de servicios.
Al hilo de la digitalización (que estandariza cualquier información bajo el formato de bit) se está produciendo la configuración de un nuevo hipersector llamado, genéricamente, de la información o de los servicios asociados a las TIC. Se trata de un complejo proceso de convergencia tecnológica, coincidente con la desregulación de amplios sectores de la economía (liberalización), la ruptura de los mercados nacionales y sectoriales (privatización/globalización) y la creciente desregulación del mercado de trabajo (flexibilización laboral).
Lo más significativo y a la vez inquietante de este proceso es que está haciendo converger, tecnológica y económicamente, a sectores tan críticos y estratégicos como las telecomunicaciones, las comunicaciones sociales, la electrónica de consumo, la informática y las industrias de contenidos.
Esta generación de servicios emergentes se denomina tecnológicamente de servicios multimedia interactivos: incorporan la imagen y pueden ser 'personalizados' por cada usuario o grupo de usuarios, con lo que surge un nuevo concepto de clase. La movilidad de los terminales los transforma en personales, permiten la interactividad, son versátiles (globales), sirven para jugar, estudiar, trabajar, informarse o hacer negocio. Desde la oferta, se trata de la consolidación de lo que, con algo de ciencia-ficción, se ha dado en llamar la sociedad digital.
Pero, la convergencia de sectores está conduciendo, también, a la convergencia de poderes. Como todos los modos de información circulan por las mismas redes, la lógica de negocios abiertos y competitivos propicia que los mismos que controlan las redes (los canales de distribución), comiencen a ser los mismos que controlan la captación de información (noticias, datos...), generan o crean los contenidos (audiovisuales, juegos, etc.) y comercializan su difusión.
No hay que olvidar que esta imponente concentración poder y de medios en manos de quienes hasta hace poco apenas se limitaban a facilitar las telecomunicaciones básicas (PTT y similares) solo está siendo posible gracias a los ingentes recursos generados durante decenios por las empresas públicas que hoy están siendo privatizadas y las posibilidades y expectativas de beneficios que generan.
Sin embargo, lo más significativo sería destacar que esta revolución tecnológica, unida a la globalización y desregulación sectorial, está provocando una nueva oferta de servicios que requiere condiciones sociales de comercialización totalmente nuevas para cerrar el círculo producción-consumo, circunstancia que se está logrando mediante un enorme despliegue publicitario.
Mercado digital, sociedad en red: un nuevo paradigma.
Como es habitual, a pesar de que retóricamente siempre se afirma lo contrario, la oferta agresiva y persistente condiciona la demanda. Nuevos hábitos de consumo conforman, a su vez, nuevos hábitos de vida, nuevas formas de producción y organización económica. Nuevos productos, nuevos servicios, nuevas formas de distribución y comercialización, están suponiendo una reordenación de gran parte de la estructura social, de sus prioridades, de los modos de organizar el tiempo libre, el ocio, etc. También, nuevas formas de comunicarse y de relacionarse con las Instituciones públicas, los grupos políticos de representación, etc.
En conjunto, estas transformaciones son tan profundas y radicales, que se las define como un nuevo paradigma productivo: la producción flexible, virtual, cuaternaria, electrónica, etc. como síntesis del modelo postfordista que viene a reemplazar al que imperó hasta los años 80.
Si antes la vida social se ordenaba en torno a la centralidad del trabajo industrial ("la sociedad fábrica"), hoy la sociedad vive la crisis de un nuevo ordenamiento que por ahora se expresa como nostalgia de lo perdido: frente a la centralidad del trabajo productivo, la sociedad flexible y, como sustituto de la realidad, las redes de información, un oxímoron, una paradoja verbal voluntariamente provocativa: la 'realidad virtual' (Gubern, 1996).
Se trata de la Sociedad Interconectada, del paradigma de la Sociedad en Red. Es aquí donde hay que esforzarse para comprender qué significa realmente crear demanda para estos nuevos servicios y para evaluar sus repercusiones en otros campos como el social (teleeducación, teleasistencia, teleadministración, telebanco, telecompra, cultura y ocio como espacio de mercado, etc.) y el de la producción, donde se genera un nuevo esquema de trabajo: producción flexible, robotización, comercio electrónico, empresas virtuales, teletrabajo, etc.
Las pantallas de televisión o del ordenador, el mando a distancia, el teclado, el módem, la RDSI o el ADSL, los circuitos virtuales, etc., determinan el espacio físico y social de este nuevo mercado que está creciendo muy por encima del resto de la economía y apunta como el sector más importante para el próximo siglo. Su contenido estratégico es tan evidente como las incógnitas que presenta su desarrollo en un mundo donde los recursos son limitados o están en manos de unos pocos.
Una apuesta política... para un escenario pretendidamente apolítico.
La Sociedad Global de la Información hace referencia, también, a la voluntad política expresa de las instituciones y gobiernos más poderosos para forzar un cambio social mediante el recurso intensivo a las nuevas tecnologías comunicacionales (Plan Clinton-Gore o NII, Proyectos del G7, Libro Blanco de Delors, Informe Bangemann, etc.).
En general, se trata de utilizar a las Administraciones como motores dinámicos de los cambios, tomando como banco de pruebas el acercamiento controlado de algunos servicios públicos a los ciudadanos: teleadministración, teleducación, telemedicina, teletrabajo, etc., son términos que figuran en cualquier agenda de trabajo de las autoridades políticas de todos los ámbitos.
La Sociedad Global de la Información se nos está presentando como un fenómeno puramente tecnológico y como una meta obligada y sin retorno. Y aunque detrás de cada uno de los recursos, aplicaciones e intencionalidades a los que nos hemos referido, hay un enorme proceso de reingeniería social siguiendo los dictados de gran parte del pensamiento y la práctica del modelo neoliberal hoy hegemónico, sus connotaciones políticas suelen ser obviadas sistemáticamente. No debiéramos olvidar, no obstante, que su construcción está dirigida por los poderosos que encuentran en el aparente apoliticismo de los cambios que provocan la mejor baza para diseñarlos a su medida.
La información global en las autopistas de la información.
El valor de la información
Cuando en el contexto tecnológico y social hablamos de información, debemos referirnos no sólo a los contenidos sino, también, y muy principalmente, a sus soportes y canales de distribución.
La información es poder, hoy más que nunca. La información siempre ha sido un factor de capital importancia en la producción, en las relaciones económicas, en las relaciones entre los grupos sociales y entre las naciones. Hoy, la información constituye un eje básico en cualquier actividad. Por eso, el sector de la Información y las Comunicaciones tiene un peso específico creciente en las economías avanzadas: las empresas, con independencia de cuál sea el sector en el que actúan, cada vez dedican más atención y recursos a sus infraestructuras comunicacionales y el número de trabajadores y empleos ligados a este sector ha aumentado considerablemente, al margen de la calidad y estabilidad de los mismos y aunque ya ofrece síntomas claros de saturación.
Gobernar la complejidad en la Sociedad Global de la Información.
Los cambios productivos y la emergencia de nuevos sectores de servicios, al estar centrados en el uso intensivo de la información y el conocimiento, adquieren la forma de la circulación de información, es decir, globales y sin fronteras. Por eso, las nuevas redes y sistemas de información son al mismo tiempo factor de complejidad y soporte para la gestión de la complejidad.
Hay que plantearse la gobernabilidad a partir de la complejidad.
Al radicar toda la información en redes globales, las instancias mediadoras habituales en espacios más reducidos (nacionales, regionales, etc.) simplemente desaparecen. La capacidad de decisión y control, aparentemente, se inmaterializa, o reside en puntos desconocidos de la red, con lo que aumenta la opacidad y disminuyen las posibilidades de su gestión democrática.
Las llamadas ciudades globales (Nueva York, Londres, Bonn, París, Tokio y apenas unas cinco o seis más) concentran una capacidad de decisión sin precedentes. Quienes detentan el poder decisional centralizado son los únicos que pueden gestionar la complejidad en su propio beneficio, que nunca es coincidente con el interés del conjunto de la sociedad.
La educación: una alternativa clave.
Para gobernar la complejidad y evitar que nos anule, la única alternativa inteligente es fomentar la educación. Educarse es más que obtener información o que instruirse en el manejo de las herramientas tecnológicas. Educar en la tolerancia y para la complejidad es imprescindible, porque, el futuro o es plural, multifocal, multirracial, diverso y heterogéneo o, simplemente, no existirá.
¿Quién manda aquí?
La aparente horizontalidad de Internet sugiere su posible carácter democratizador intrínseco. Sin embargo, "lo cierto es que el ciberespacio, como todo espacio social, constituye una colección de valores competitivos y de atributos contradictorios" (Shapiro, 1998).
La relativa accesibilidad actual a los medios de producción de la comunicación (páginas Web, correo electrónico, etc.) puede situarnos ante el espejismo de que el ciudadano común podrá competir con las grandes instituciones, gobiernos, empresas y medios de comunicación en la difusión de la información, y de que, efectivamente, estamos ante una revolución del control de la información.
Se presenta aquí un aspecto de gran calado político en la medida que, en muchas ocasiones, detrás de las alabanzas a la horizontalidad de la red y a sus posibilidades interactivas, se esconde una apuesta clara por la democracia asamblearia frente a la representativa y, en el peor de los casos, el predominio de las encuestas de opinión, o sobre los comportamientos, sobre la voluntad expresada en las urnas. En relación con la primera hipótesis, no se trata de dilucidar aquí las ventajas de uno u otro tipo de democracia, pero, desde luego, es una discusión que nadie debiera dar por supuesta y concluida. En cuanto a la segunda posibilidad, de hecho ya tenemos muestras suficientes como para generar un profundo debate.
En cualquier caso, puede que, más pronto que tarde, exista una verdadera revolución del control de la información, pero, hoy por hoy, los verdaderos actores de la misma, no son los ciudadanos. Por ahora, más que de revolución, tenemos que hablar de concentración.
El monopolio de la información.
Como en otros casos, Sociedad Global de Información no quiere decir información plural, universal, multifocal y sin restricciones. Justamente, el peligro que se cierne sobre la misma es el contrario: su monopolización, su uso unidireccional y partidario, su distribución fragmentada, su manipulación, en suma.
La oligopolización que actualmente caracteriza al sector de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) y a la que ya nos hemos referido, tiene un reflejo directo en la Sociedad Global de la información. Contenidos, soportes, redes... todos los medios de comunicación están hoy privatizados y sometidos a un fuerte proceso de concentración. La información global también tiene unos propietarios globales.
Sabemos, sin embargo, que la diversidad real de los contenidos de las cadenas sólo es factible si se permite la existencia de una diversidad de agentes, que no existe una autentica libertad de elección si esto no es así y que solo es posible en la medida en que se permita la entrada de posiciones no mercantilistas.
Pero los esfuerzos por monopolizar la información en la sociedad global no sólo provienen de intereses puramente mercantilistas sino que conectan con una estrategia también monopolizadora de control y defensa de los sistemas establecidos y de exclusión de todo lo que perturbe lo política y noticiablemente "correcto".
Existen muchos ejemplos de esta tendencia que se hace particularmente manifiesta y palmaria en el caso de los conflictos bélicos (Guerra del Golfo, invasiones de Irán e Irak, etc.).
La existencia de oligopolios informativos no significa que exista 'una sola' información, sino a que, aun existiendo muchas, las realmente accesibles para la mayoría de los ciudadanos tienen una sola orientación. "Hay que sospechar de un conjunto de medios masivos que, en los últimos años, ha funcionado bajo el 'pensamiento único' y hemos visto cómo asuntos de tanto relieve, necesitados de análisis y debates con detenimiento como la guerra del Golfo, el tratado de Maastricht o la ronda Uruguay del GATT han aparecido reflejados en los medios de masa como 'el mismo tambor tocado con los mismos argumentos. Al servicio de la guerra, al servicio del dinero, al servicio del comercio'" (Sánchez Noriega, 1997).
El exceso de información desinforma.
Vivimos aislados por un cerco de sobreinformación, de datos aparentemente --sólo aparentemente-- disponibles, puesto que es humanamente imposible acceder a ellos y procesarlos. Internet como paradigma de libertad de acceso a la información universal es también la muestra más evidente de la impotencia con que a veces tenemos que acercarnos a los procesos actuales: desde nuestra ventana del ordenador tenemos la posibilidad de consultar millones de servidores de información, que además se duplican cada año. ¿Cómo encontrar la información que realmente necesitamos?
"Internet ofrece una profusión tan enorme de posibles informaciones, que terminamos por evaporarnos dentro de esa nebulosa. Todo se dispersa y se volatiliza. Más que un lugar para la cultura y el saber, se trata de un lugar para desaparecer, para perderse en los excesos, donde nos encontramos ahora sumergidos" (Baudrillard, 1998).
El exceso de información también desinforma en la medida que dispersa la atención y desfocaliza o nivela las prioridades. Muchas veces, la sobreinformación se asienta en la banalización de los contenidos, lo que devalúa el proceso informativo en general e interfiere negativamente en la capacidad de entendimiento del ser humano y, sobre todo, lo hace muy manipulable: el potencial liberador de las nuevas formas de comunicación convive con la posibilidad de un futuro aterrador: convertirse en basura (Rheingold, 1998).
Por último, con el desarrollo de ciertas tecnologías, las fuentes de información se han multiplicado y muchas están fuera del control de los poderes mediáticos y éstos, que en general sólo se atienen a sus propias auto-regulaciones, se han alzado inmediatamente exigiendo a los poderes políticos normativas específicas para limitarlas o canalizarlas adecuadamente.
¿Regular la información?
El poder ya no consiste en saber, sino en ser un lazo entre varios saberes (Guéhenno, 1995). El problema de la sobreinformación no es fácilmente resoluble. Es más: no lo tienen que resolver los proveedores de información, cuya misión es dar toda la que dispongan, ni, mucho menos, los proveedores de red y servicios, cuyo cometido debiera ser simplemente de intermediación técnica.
Tampoco corresponde a los poderes políticos, obviamente, intervenir en el control de los contenidos informativos, aunque es normal que intervengan en las fronteras electrónicas para resolver conflictos y garantizar la transparencia de las redes.
La interposición de los filtros necesarios para cribar, evaluar y, en definitiva, para aceptar o desechar los millones de datos que circulan por la red corresponde a los propios usuarios, no a otras instancias. Lo contrario, sería contribuir abiertamente a la configuración de una sociedad supertutelada y, en el peor de los casos, teledirigida, en favor de quienes controlan las fuentes y los canales de información. No obstante, conviene no sobrevalorar el supuesto poder que podemos alcanzar como usuarios de los medios tecnológicos.
El verdadero reto de la sociedad interconectada no está en conseguir regular minuciosamente el funcionamiento de los proveedores de información o de los servidores de la red ni, mucho menos, en la introducción de alguna suerte de censura en los contenidos (propuestas francamente difíciles de ejecutar y que, con toda seguridad, se acabarán demostrando inútiles). El verdadero reto está en dotar a los usuarios y usuarias de la red de la formación necesaria para que puedan optar con libertad y conocimiento.
Los 'infopobres' del S. XXI.
La Sociedad Global de la Información no camina de una manera natural y espontánea hacia la auténtica socialización de la información y del conocimiento, sino, por el contrario, hacia la segmentación discriminatoria, consecuencia ineludible de una concepción mercantilista y de relaciones de poder de la misma. De ahí, los conocidos sistemas globales y urbanos duales, la consolidación de las diferencias entre integrados y excluidos.
Por eso debemos hablar de los "infopobres", los nuevos excluidos del siglo (no reemplazan a los pobres anteriores, sino que se suman, se refuerzan en número), los que al margen de su condición social o económica actual, tenderán a verse expulsados de la sociedad real por su incapacidad de gestionar los medios tecnológicos que permiten reducir la complejidad al nivel de toma de decisiones pequeñas o grandes. Siempre han existido personas con falta de adaptación a las tecnologías, incapaces de programar un magnetoscopio o utilizar un ordenador, por ejemplo. El problema es que si, hasta ahora, la impericia técnica limitaba el acceso a determinados ámbitos de producción o de ocio, es presumible que en el futuro impida funciones tan usuales y necesarias como comprar, viajar, obtener informaciones básicas, comunicarse a distancia, etc., por no hablar de la imposibilidad real de acceder a cualquier tipo de trabajo.
Pero, sobre todo, el hecho de atiborrar a una sociedad con nuevos utensilios (tecnologías) no puede ocultar que detrás hay un proyecto social, cuestión sobre la que hay que hablar y debatir. Ese es el proyecto por el que hay que trabajar y el que es necesario consensuar.
La globalización de la intimidad.
"Cuando se navega por la Red, la Red le navega a uno", reza un axioma cibernético. Cada vez que realizamos una transacción electrónica (una compra, la solicitud de una información, el acceso a una página Web, el requerimiento de un servicio, etc.) no sólo obtenemos información: también, damos información, en ocasiones muy íntima, que puede ser utilizada y mercantilizada por ajenos. La pregunta inmediata es: ¿qué valor tiene la intimidad en la era de la información global?
Paradójicamente, gracias a la tecnología, que en buena medida podría liberarnos de muchas servidumbres, han surgido nuevos sistemas de sometimiento y muchas de las características de las innovaciones tecnológicas (facilidad, accesibilidad, interactividad, flexibilidad, universalidad, etc.) que deberían servir para fortalecer los esquemas democráticos de la sociedad pueden convertirse en verdaderas fuentes de control y manipulación de los individuos.
"Seducidos por la percepción de libertad sin trabas en nuestras nuevas vidas conectadas, seremos incapaces de ver las formas en que las grandes instituciones mantienen su influencia y restringen nuestra capacidad de elección. Nos dedicaremos ingenuamente a hacer clic en nuestros universos on line, en la creencia de que nuestro destino nos pertenece, cuando, en realidad, las ofertas puestas a nuestra disposición se basarán fundamentalmente en criterios de rentabilidad. Y, lo peor de todo, no nos percataremos de la reducción sutil de derechos tan apreciados como el de la libertad de expresión o el de la intimidad" (Shapiro 1998).
Sostenibilidad de los modelos productivos y los hábitos de consumo asociados.
La Sociedad de la Información se presenta no solo como un modelo neutro de desarrollo, sino, también, como paradigma de la sociedad limpia: la información, los bits, no contaminan, no generan residuos tóxicos (Negroponte, 1995).
Aunque ya lo anterior sea bastante discutible (quien usa un ordenador sabe cómo se dispara el consumo de papel y cómo los materiales de que están hechos tienen poco de ecológicos), importa destacar, no obstante, que no es la Sociedad de la Información la que puede hacer, o no, un modelo productivo sostenible. Son las características del propio modelo, en el que también se encuadra la sociedad de la información, las que tienen que demostrar su sostenibilidad social y medioambiental.
En la medida en que la sociedad de la información refuerza el modelo social liberal dominante, contribuye a su insostenibilidad. Como muestra un ejemplo: el modelo de producción vigente se basa en la gran distribución (transporte terrestre por grandes vías, transporte aéreo, etc., siempre priorizando el privado sobre el público - el tren se nos muere, salvo los de alta velocidad, que tiene sus costes ambientales). Nada de esto sería posible en los términos de mercados actuales sin las poderosas redes de información que controlan el flujo global de mercancías.
Finalmente, hay una cuestión que se está haciendo cada vez más evidente. El mundo del trabajo --que era el elemento ordenador del conjunto de la sociedad industrial- - ha dejado de funcionar como tal en el paradigma de la producción flexible de la SI. Las relaciones sociales e interpersonales se construyen en otros ámbitos, como el del ocio, el del consumo mediático, etc.
También ahí se dirige la oferta de la Sociedad Liberal de la Información: se está transformado el ocio y la cultura en el mercado más importante para el próximo siglo. Habría que reflexionar si desde una perspectiva de ética social, esto es sostenible, sobre todo cuando los grandes grupos mundiales - muy pocos - controlan ya de forma oligopólica casi toda la producción de contenidos.
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